sábado, 12 de enero de 2013

Un día como hoy, pero de 1953.

Así, igualito, un día como hoy, el jurisconsulto Don Jaime Iruegas Saldaña y Rojas publicó un artículo que hundió su credibilidad. El abogado que abrió tremenda zanja entre las corrientes jurídicas de este país, perdió su capital social de forma inexplicable. También era enero y aquel año tuvo, según cuenta el cronista de Teziutlán, Puebla, un invierno calador. Sí, justo como el que estamos viviendo.

Corría pues, el año de 1953 y Don Jaime Iruegas Saldaña y Rojas militaba aún en las filas sinarquistas. Entrañable amigo del señor licenciado Jerónimo Díaz y de René Capistrán Garza, también contaba con sólidos lazos emotivos con el ex-Ministro de la Corte y Senador de la República por ese entonces, Don Mariano Azuela.

Don Jaime Iruegas (de padre) Saldaña y Rojas (por la madre) se formó en la Universidad Nacional. Pronto construyó una importante carrera como litigante. Combinaba de sabia manera su vida de practicante con tres actividades más, un activismo jurídico-católico ante tribunales laicos, un activismo jurídico-laico ante tribunales eclesiales y un periodismo insólito de la época: el peridismo jurídico-laico-católico.

Hasta antes del 13 de enero del 53, día que nos evocó a esta gran persona y causa de la esotérica efemeride de hoy, había tenido roces con insignes personalidades del conservadurismo militante como Rafael Estrada debido a lo que Don Jaime consideraba su falsa militancia en las ideas de Cristo. A Estrada, Don Jaime le intentó tatuar un cristo en sangre, después de un día que tomaron jeréz juntos y depositó un somnifero para sus fines. Creyó era una acción punitivo-necesaria, de esas que impulsaba en su libro: "El castigo auto y heteroinfligido y la abstinencia sexual como prolegómenos de la salvación"

También tuvo roces con el ministro de la Corte, el señor licenciado Felipe Tena Ramírez a quien le reprochaba un supuesto vínculo con el liberalismo agnóstico radical, lo que consideraba indeseable en quien debía sincelar la moral jurídica: un Ministro. Al licenciado Tena, don Jaime, lo trató de fotografiar besándose con Ana Luisa Pelufo y le sembró cientos de tentaciones cabareteras. Algunos veían en eso una contradicción, sus detractores más fieros lo acusaban de "laicizar lo divino" y de "divinizar el sacrilegio".

Pero era célebre, ese es el punto. Hasta antes del 53, era famoso en el mundo jurídico debido a su intento por sabotear la reunión del Presidente López Mateos con Hans Kelsen. También saltó como espontáneo en la entrega del Doctorado Honoris Causa, por parte del rector Don Nabor Carrillo Flores, a don Hans, autor de la Teoría Pura del Derecho. Su argumento, la comunidad jurídica se prostutuía al rendir tributo a un ateo miserable como Kelsen y él simbolizaba esa perdición. Por aquellos días montó lo que se llamó el Movimiento Nacional por la Defensa del Derecho Natural (Dios, justicia y litigio, era su lema). A la cabeza del movimiento visitó plazas y mercados. Escupió acusaciones contra Gómez Morin, Fidel Velásquez, el General Cárdenas y Salvador Novo. A unos los acusó de traídores, a otros de amigos, a otros de nada. Pero a todos los insultó.

Pocos recuerdan cuando pretendió inmolarse frente a la Suprema Corte de Justicia de la Nación a causa de un incidente de trámite que el señor Ministro Gabriel García Rojas desechó durante la solución de un caso menor. Se bañó en gasolina y antes de prenderse fuego cayó a causa de un mareo por intoxicación al respirar el combustible. Otra mañana estuvo de pie en la acera de la Corte con una pancarta que tenía la imagen de unas ubres gigantes de vaca. Decía que el Magistrado Ramírez Cueto ordeñaba a los litigantes. Loco, sí. Sin centro político, sí. Sin punto de gravedad social, también. Pero esas eran las convicciones de Don Jaime.

Erudito, como lo era, escribía en su columna de miles de cosas. Lo mismo comentaba sentencias del Segundo Tribunal Colegiado del Primer Circuito que las festividades del santo patrono de San Luis Cantolapán. Pero le llegó su 13 de enero. Ese día, su columna inició así:

"Toma rumbo la juridicidad del país y se viven tiempos de cautela en otros ámbitos. Vallejo toma las calles y con él pierden las vergüenzas populares. El señor Presidente tolera de más. Pero de algo sirve el caos, el derecho se reivindica como fuerza e instrumento de imploción de las conciencias. Como algo que controla a los descontrolados, que ordena a los desordenados y que somete a los desatados.

El derecho va de la mano de todo, incluso de la resurrección. Pues el derecho es instrumento, fin y sujeto. El derecho se sirve a si mismo, pero sirve también a planes supremos como lo que es, una ficción que ajusta las variaciones sociales obligando a una condensación de racionalizaciones. ¿Cuáles? Las que la sociedad necesita para cumplir el designio de Dios.

Hasta aquí, he dado dos tesis: 1) El derecho es sujeto (lo de fin e instrumento ya lo han abordado desde las escuelas de la jurisprudencia de la época medieval). 2) El derecho permite la salvación. Demuestro lo dicho. Yo me salvaré, Vallejo se pudrirá en el infierno. Y con él arderán muchos más. Quizá todos, tal vez sólo me salve yo.

Este artículo se convirtió en el referente de la existencia de Don Jaime. El resto de sus grandes y famosas intervenciones sociales se olvidaron. Al grado que se olvidaron sus interesantísimos pasos de baile como el Baile de la Prescripción (manos a la cabeza y piernas abiertas a la altura de las rodillas, cerrándose y abriéndose como abánico, con los talones a no más de 20 centimetros uno de otro) o el Baile del Amparo Indirecto (una mano al frente, otra atrás a la altura del ombligo y moviendo la cabeza hacia adelante y hacia atrás con pequeños saltos a cada lado).

Pocos recuerdan su intento por obtener una Declaratoria de Inocencia por el Tercer Tribunal en primera Instancia en Materia Penal, para Dimas, el primer Santo de la Iglesia Católica. Pero así es la vida, Don Jaime hizo demasiadas cosas (muchas de ellas fuera de propósito, desvalagadas, extravagantes y desquiciadas) y se le recuerda sólo por un artículo en el que básicamente confesó: lo mío, soy yo. Qué injusta es la memoria popular, ser un orate de tiempo completo, para que se le recuerde a uno por vanidoso. Por megalómano.